anecdota militar

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anecdota militar

Mensaje  Invitado el Jue Abr 11, 2013 7:04 pm

EL “HUMVEE”, LA RUEDA Y LOS COJONES
El día había empezado mal para la Sección cuando en la papeleta del servicio diario les tocó salir se escolta de protección de un “pez gordo”, algún político de visita, algún altísimo mando militar o algún mandamás de la organización cuya boina azul (o casco en este caso) portaban los soldados que desde muy temprano revisaban los motores de los “Bemeerres”, los fusiles, las municiones, los chalecos y demás equipo. Andaban todos jodidos y enfurruñados pues resultaba que el “pájaro” de turno había solicitado que a la escolta española, asignada por ser aquella nuestra zona de responsabilidad, se sumasen un par de vehículos norteamericanos.
Debió ser que el personaje en cuestión vería nuestros flamantes Nissan Patrol entoldados y diría que allí se montase Rita, que él quería uno de aquellos modernísimos y bestiales todo terrenos yanquis, los Hummer.
Así que el convoy sale desde Jablanica dirección norte , en dirección a un pueblo que se llama Gorni Vakuf y dónde se daban de hostias unos y otros sin descanso ni miramientos, y los españoles allí en medio, toma valle del Neretva y la madre que lo parió.
La cosa marcha como siempre, que si disparan a los vehículos, que si por allí caen bombazos de mortero, que si ojo no asome vuecelencia la gaita, hasta algún camarada es herido y curado sobre la marcha y “tira pálante, que esto no es ná cohones”
Avanzan los vehículos por la difícil carretera y los que van dentro de los Nissan miran con mucha envidia las puertas de sólida chapa de los “Humvees” y luego acarician la lona del vehículo español, “Toldos Cuenca” pone en un cartelito, y con la vieja resignación hispana y el no más viejo humor se descojonan de la risa:
- Pos no tienen que llevá caló ni ná ésos ahí metidos
- Yo prefiero el Nissan
- ¡Donde va a comparar compadre!
Y los hombres que van en la caja, clavándose el afuste de la radio, los hierros de la lona y sujetándose con las rodillas como pueden sonríen y reparten tabaco entre ellos, justo cuando un pepinazo cae cerca y hace que la lona del vehículo se estremezca y los hierros suenen que ni una bailaora en un tablao de Sevilla:
.¡Taclataclaclactlaclaclacclac!- con las suspensiones rebotando y el teniente que va delante acordándose de los japoneses, del ministerio y de la madre que parió a encargado de compras y material.
Entonces de repente el convoy se detiene, se activan las alertas, se despliegan los hombres, ¿qué pasa?, ¿qué pasa?...
Resulta que a uno de los vehículos norteamericanos se le ha pinchado unos de sus neumáticos, gordos, sólidos y teóricamente semiblindados.
Allí está el caucho desparramado sobre el asfalto y el conductor mirándolo con cara de no saber siquiera que el cacharro aquel tenía ruedas. Dentro un oficial yanqui agarra la radio y empieza a transmitir coordenadas y novedades, se le ve muy serio y compungido:
- ¡Houston, tenemos un problema…!
El oficial español que parla inglés que le escucha y comunica al convoy la noticia de que hay que esperar pues los norteamericanos han solicitado, “por avería grave” el cambio de vehículo y están preparando en su base el helicóptero, un “Chinuk” nada más y nada menos, para los legos en materias militares el helicóptero en cuestión es ése negro y enorme de dos rotores y del que suelen colgar cosas como camiones o cañones:
- ¿Y cuanto hay que esperar mi teniente?- pregunta un legionario con barba de varios días, descamisado y con el chaleco antifragmentos abierto, se le ve al hombre cansado, con ojeras y como se dice en España, hasta los mismos cojones.
- Pues un par de horas lo menos… Mientras preparan y arrancan y pitos y flautas…
- ¡vaya putada mi teniente!, hoy había celebración de cumpleaños del cabo Rogelio…
- ¡Es verdad!, pero hay que joderse, ya sabéis, España nos mira y eso…
- ¿Y por qué no cambian la rueda mi teniente?
La pregunta es tan obvia que resulta casi estúpida, pero todos se miran asombrados y se ponen en pie, sonrientes. ¡Seremos gilipollas!, se dicen y el teniente que parla hereje les dice a los norteamericanos que oye, que eso que cuelga del bastidor es otra rueda y que se pone sustituyendo a la otra y listo.
Pero los yanquis se miran unos a otros con cara de haba:
- ¿What?
- ¡Que la rueda desnortaos!
Pero los soldados yanquis no mueven un músculo. Y las horas empiezan a pasar lentas, muy lentas, y los legías venga mirar el reloj y en la base el cabo Rogelio destapando la primera botella de “Yonigualquer”, y entonces se levanta uno, flaco, desgarbado, con un cigarro entre los labios y se queda mirando la rueda pinchada:
- ¡Mi teniente permiso pa cambiar la rueda!
- Estos no traen la llave de ruedas de pulgadas.
- Eso lo arreglo yo si me da usted permiso…
El teniente se acerca al oficial aliado y le comenta el plan, que esto lo arreglamos nosotros y así nos quitamos de esa posición tan expuesta y tal y tal. El otro accede no sin antes advertir al oficial español la diferencia de medida entre ellos y los atrasados europeos que usan el sistema métrico decimal y que por tanto las herramientas que traen en dotación los españoles no sirven:
- ¡Nema Problema amigo!, en dotación los españoles traemos también el ingenio- dice sonriente el español, a su espalda se oye un grito anónimo.
- ¡Y los cojones mi teniente!
El legionario flaco y con cara de pícaro agarra una llave fija de medida superior al tornillo del “Humvee”, luego con un destornillador plano ocupa el espacio que quedaba y empieza a apretar con fuerza. Los norteamericanos se quedan patidifusos cuando se escucha el seco ¡Clac! del primer tornillo cediendo:
- ¿WHAAAATTTTT?
Y más de piedra se quedan cuando los compañeros del legionario se turnan para aflojar los tornillos del vehículo, meter el gato de un Nissan, que apenas puede levantar al mastodonte americano, quitar el neumático pinchado y poner el otro.
Los norteamericanos no ha dejado de tomar notas en ningún momento, todos con sus lapicitos y cuadernitos con el sello del US ARMY. Y mientras el “pez gordo” que ha visto toda la operación sin abrir la boca decide que el viaje de regreso lo hará en uno de aquellos destartalados Nissan españoles que serán más inseguros e incómodos, pero que seguramente le llevarán a donde quiera ir sin tener que esperar un helicóptero, no porque resulten mejores vehículos, todo lo contrario, sino porque resulta que los tíos aquellos mal afeitados, mal encarados, que rumiaban en español palabras que al “pez gordo” le sonaban fatal, resulta que son los más avispados soldados de toda la unprofor, los únicos capaces de sacarle de un atolladero con un destornillador y una llave grande.
Y así el convoy regresa sin más novedad a la base y sin más bajas que una rueda semiblindada de “Humvee” tirada en una curva de la M-16 cerca del pueblo de Gorni Vakuf, en el valle del Neretva. Seguro que si la rueda es española, allí no se queda.
Y el cabo Rogelio pudo celebrar su cumpleaños junto a sus camaradas que se pegaron toda la noche partiéndose el pecho de risa mientras se imaginaban el “Chinuk” a medio camino recibiendo la noticia:
- Charlie uno, Charlie uno, aquí base…
- Aquí Charlie uno, cambio…
- Regrese de inmediato, misión cancelada, cambio…
- ¿Motivo?
- Un soldado aliado que según mensaje recibido del mando español “estaba hasta los cojones de esperar”
- Ok, Roger, regresando a base, Charlie uno cierro…

© A. Vllegas Glez. Abril 2012
Relato basado en hechos reales ocurridos durante el servicio de la AGT CANARIAS en Bosnia y Herzegovina entre abril y octubre de 1993.

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Re: anecdota militar

Mensaje  Invitado el Jue Abr 11, 2013 7:11 pm


KRASNY BORLa madrugada del diez de febrero de mil novecientos cuarenta y tres, pareció que el mundo se acababa. Dentro de la trinchera escuchamos los primeros disparos de los rusos. Y nos agazapamos en el hoyo, rezando a La Inmaculada y a Cristo para que nos protegiese de la lluvia.Porque aquello era una lluvia. De metralla y fuego, pero lluvia. Caían los pepinazos del cielo en cadencia de un cebollazo cada diez segundos. Y los cohetes, los Katiusa, que te helaban la sangre con su pitido infernal.Tres horas estuvo lloviendo. Tres horas. Cuando la última de las bombas estalló, un cuarto de camaradas estaban muertos o heridos. Tirados aquí o allá, enteros, por trozos, casquería fina sobre la nieve derretida a bombazos, nuestras flamantes defensas no eran ya más que montones de nieve y tierra removida, con cañones anticarro que asomaban retorcidos, inútiles, la munición desparramada o ardiendo y los artilleros hechos pedazos.Pero ya había algunos oficiales y sargentos dando voces, cagándose en todo, blasfemando, cubiertos de tierra empapada por la sangre de sus hombres.- ¡Que vienen!-gritaban- ¡Qué vienen!….¡ Cagüensusmuertos,vamos a recibirles como merecen!Y la verdad, que ganas teníamos. Venid, venid, “tovarich” que ya veréis qué divertido, aquí no hay tudescos, aquí estamos los bajitos, morenos y con mala leche de los españoles…Y vinieron. Por miles. Cuatro divisiones completas de infantería, así a ojo, cuarenta mil hombres, y más de cien carros, los temibles T34 y los enormes KV1…Toneladas de acero ruso, lanzado contra ti a setenta por hora. Te cagas y te meas…Pero aguantas, qué remedio, están al lado Paco, Pepe y Juan mirando.El frente que ocupábamos lo españoles en el cerco de Leningrado, pobre gente, sin ratas que comer, se dice que se comen a los muertos. Puñetera guerra. En fin, que estamos entre Alexandrova y Krasny Bor, y por aquí han metido la ofensiva…¡Qué suerte, oye! Pensarán estos, igual que nuestros aliados alemanes, que los españoles solo sabemos ragar guitarras y bailar flamenco…Pues se van a enterar.Y se enteran. Desde todos los rincones del avance ruso, desde atrás, los lados y de frente, aparecen grupos, compañías, combatientes que les atacan y masacran. Son duros, prefieren morir a rendirse, fanáticos y enloquecidos, es increíble lo que se consigue, con dos tíos morenos, bajitos y “cabreaos” y una ametralladora, frenan y detienen a los temidos esquiadores soviéticos.Los rusos están alucinados. Cuando bombardean así, a lo bestia, lo normal es que de los defensores, apenas quede nadie, y el que queda está que no puede ni defenderse. Pero estos Ispansi no…Salen de los agujeros, montan ametralladoras sobre los escombros y matan todo lo que se les acerca…Una carnicería terrible a base de bayonetazos y combates cuerpo a cuerpo. Casi siempre ganan los rusos, pero a costa de muchas bajas. Matar a un león, nunca resulta fácil…Los españoles vamos cayendo, defendiendo cada posición, cada recoveco. Caemos por docenas, pero nuestros enemigos caen por cientos…Ya empiezan a entender, a diferenciar…-Estos no son los alemanes, ¡ Mucho ojo, Dimitri!Y la batalla sigue…En algunos puntos el avance ruso llega a tres kilómetros, y se detiene. Tras ellos, han quedado bolsas de soldados españoles que atacan y vuelan sus tanques y llamando a un tal Santiago, se van abriendo paso por los bosques.En el camino hacia las nuevas líneas vemos cientos de camaradas muertos…Embudos de artillería convertidos en bastiones, la imagen es estremecedora y el sentimiento que te invade es una mezcla de orgullo y pena. En el embudo varios cuerpos españoles, reventados a tiros y bayonetazos, alrededor, decenas de rusos muertos, acribillados. Tomar el embudo ha sido jodidamente duro para ellos…Y cráteres como aquel, los hay a docenas por todo el frente. La ofensiva rusa se detiene. Choca contra aquel muro de españoles que, bombardeados y masacrados sin compasión, se tornan más peligrosos y letales, da igual que en la posición quede uno, o dos, o tres, o cien…Disparan, arrojan granadas, matan y mueren.Los generales rusos están que trinan. Su espectacular ofensiva para romper el cerco de Leningrado ha fracasado por la valerosa obstinación de cuatro mil y pico españoles:- ¿No decían los informes que los Ispansi retrocederían y huirían como ratas?...Coronel Petrof…- Sí, camarada general…- ¿Entonces…?- Esos locos, camarada general…Después del bombardeo, los que quedan, en vez de escapar, como los alemanes, y los rumanos, y los italianos…Salen llenos de polvo, cubiertos por las tripas de los que han caído, da pavor verlos, camarada…Y se lían a tiros y cañonazos. A matar a nuestros pobres infantes, a destruir tanques…Y hasta cuando retroceden, lo hacen cara a nosotros, sin perdernos el frente…Y cada uno de ellos que cae, arrastra a tres de los nuestros…Unos bestias los Ispansi estos, camarada…Han pasado sesenta y ocho años desde la batalla de Krasny Bor. Hoy se la conoce, el que la conoce, porque allí murieron dos mil y pico españoles, otro millar fue herido, y a unos trescientos se los llevaron de visita turística a Siberia y sus afamados balnearios.Dicen los revisionistas, los modernos historiadores, que si allí nos masacraron, que si los alemanes utilizaron a La División como carne de cañón. Pueden tener razón.Pero lo importante, lo olvidado, lo mancillado como si fuese algo vergonzoso, cuando es al contrario, motivo de orgullo, es el acto de resistencia. El heroísmo individual y colectivo de aquellos hombres. Aquí que no pasen. Y no pasaron.La valerosa y enconada resistencia española detuvo la ofensiva rusa. A costa de dos mil muertos, de cientos de heridos. A costa de mucha sangre española.Aquellos compatriotas detuvieron una ofensiva soviética, como las que no había soportado nadie en toda la guerra, nadie volvería a conseguirlo tampoco. Once mil bajas tuvieron los rusos, y el ochenta por ciento de tanques destruidos…No está mal el computo, tres bajas por cada una nuestra más un montón de chatarra humeante y oliendo a carne quemada.Después de esta batalla los soviéticos se limitaron a bombardear, de forma abrumadora con artillería y aviación. De lejos, sin atreverse a lanzar otro ataque. Escarmentados:-¿Quién está enfrente, Boris…?-Los Ispansi, Vladimir… ¿Atacamos?...-Vamos a esperar un poco…Hay rumores de que los van a retirar…Vuelven a su país…-¡Gracias a San Jorge!…Perdón…Al camarada Stalin…A. Villegas Glez 2011

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